¿Qué representa para el estudioso de la filosofía -para el estudiante- salir de la universidad? Bien; ha recibido el certificado, el diploma, el título o lo que sea, que lo acreditan académicamente: es un ser modificado, enriquecido por el conocimiento. Pero nadie es culpable de esta modificación: algún libro luminoso, alguna palabra esclarecida hasta el fondo, ciertamente. Sin embargo, es el estudioso mismo quien se automodifica y se autotransforma y quien se convierte en ese ser para el pensar, que le fue mostrado en el aula en la incesante transparentación de la filosofía. El objeto de su estudio no ha sido específico -por cuanto a lo que son el aprendizaje y adiestramiento en otras disciplinas- ya que no asume una parcialidad dada del conocer, sino éste en su esencialidad como conocimiento del conocimiento. No sale de la universidad hacia esto o aquello, a semejanza del médico que sale para el ejercicio de la medicina o el arquitecto para realizar inmuebles. En el estudioso de la filosofía su salir de la universidad es un entrar, un volver, un descubrirse inserto en la universalidad: estuvo ante ella, mientras se apropiaba de cierto número de herramientas; ahora está en ella, inmerso, comprometido con todo su ser.
Ante ella, ante la universalidad -ya que únicamente comparecía como un pensar en busca de aquéllas herramientas- no debió aprender nada. Ésta era una de las condiciones presupuestas del conocimiento: el rechazo a toda manipulación ideológica, la puesta en cuestión de todas las ideologías, la libertad en oposición a todo aprendizaje y todo adiestramiento. Pues la filosofía no constituye una destreza o una habilidad particulares, o incluso, ni siquiera una política. Es una constante de la presencia del espíritu, un pensarse de la realidad en la conciencia: la filosofía se sabe, no se aprende. Cuando la filosofía llega a saberse, cuando se sabe, por fin, en el estudioso de la filosofía, éste deja de estar ante ella para situarse en ella, para integrarse e instalarse en su seno: ahora es el traspunte de la filosofía que, libreto en mano (teoría en mano), prepara e indica los elementos de la impugnación filosófica a que hagan su entrada en la escena histórica. Recordemos una definición de Marx: "la manera cómo la ciencia es y cómo algo es para ella, es el saber". El cómo es lo que se sabe, lo resuelve el pensamiento discursivo, racional. Luego, la conciencia filosófica es en acto, en cuanto pensada y que se piensa. Quiere decir: fue, es y será por cuanto razón en movimiento, razón en la historia.
La razón, pues, no no es dada. La razón se hace, es una razón devenida, y es el tumulto de la razón que se nos ofrece en la historia y la realidad inmediatas -el mundo que nos rodea, nuestro entorno real- como momentos siempre por desentrañar, repensar y esclarecer, hacia todas las direcciones y todos los tipos (nada deja de ser distinto a lo que es en la tridimensionalidad del tiempo: pasado, presente, futuro). Los hombres hacen la razón y al pensarla en el tiempo la rehacen como razón pensada, con lo que hacen y rehacen también sus realidades históricas.
El hombre es el hijo del hombre, autogenético por cuanto a su ser, ontogenético por cuanto al saberse de ese ser en la racionalidad. Esto significa que no se da de otro modo que como praxis, esto es, como acto pensado y que se piensa, como acto que deviene y se autotransforma. Tal saber es la herramienta con que se sale de la universidad para entrar en la universalidad. El certificado, el título, las palmas académicas, por supuesto, son lo que sobra.
Respecto a otras profesiones, se sale de la universidad como una conclusión, como algo que termina y se deja atrás. El egresado se dispone para el mejor usufructo de lo aprendido, independientemente de la utilidad social que esto represente. Realizará el principio de todo pragmatismo: "conocer es comer". El estudioso de la filosofía, no. Para éste, conocer es transformar. El primero sale a la práctica; el segundo comparece ante y participa en la praxis. Que tal cosa no sea de otro modo -como debiera- se lo debemos a las estructuras petrificadas de la educación superior. Una reforma universitaria radical presupone superar esta contradicción: humanizar las especialidades (las disciplinas académicas), es decir, universalizarlas. ¿Qué es lo que se contiene en esto? Ante todo, una nueva metodología: el conocimiento no como una colección de datos ni apropiación de técnicas (sin dejar de asumirlos), sino como el saber de su génesis y de su desarrollo en tanto que totalidad concreta: 1] como repensamiento de su historia; 2] como asunción de esta historia en tanto que realidad racional objetiva en movimiento (vgr. el desarrollo de Tolomeo a Copérnico); y 3] como vivencia existencial y apropiación del conocimiento racional en el yo cognoscente como protagonista: autoconciencia del saber que se realiza en su ahora y aquí históricos. Todo esto sea dicho, desde luego, como apunte general y a título de simple indicio.
Ahora bien: ¿Por qué alguien egresa de la universidad para el "conocer es comer", y alguien para el "conocer es trasnformar"? La pregunta está dirigida a la realidad objetiva (humana, social, histórica). ella es su condicionante. La realidad solicita al intelectual del mismo modo para insertarse y confundirse en ella como factor de sustentación, que para convertirse en su elemento crítico, en su cuestionamiento. La opción ya no se refiere a ninguna disciplina académica: todos están conminados a elegir, los médicos, los biólogos, los arquitectos, los ingenieros.
Los egresados de filosofía ya eligieron -no porque sean peores o mejores que los demás, sino porque lo primero que hace la filosofía es ponerlos en el filo de la navaja. No tienen otra tarea, cualquiera sea el punto de vista en que se coloquen, que la de cuestionar. Se plantea, naturalmente, el qué y el cómo de tal cuestionamiento, lo mismo que el qué y el cómo de la realidad, ya que ésta es el objeto cuestionable.
Hablábamos del tumulto de la razón, considerada la razón como cosa no dada ni preestablecida, sino que se hace a sí misma, se autogenera en la cabeza de los hombres y se dispara en todos los sentidos y dimensiones posibles del tiempo y del espacio: el pensamiento, así, busca la razón concreta de su tiempo en el mundo que lo rodea, en la realidad inmediata, que se presenta siempre como un todo confuso, caótico, ininteligible, opaco, de seudoconcreciones, de falsa concretidad, o sea, precisamente, de ese tumulto de la razón de donde ésta ha de esclarecerse y precisarse como praxis; esto es, como teoría realizada: memoria y experiencias históricas, conquistas ya obtenidas del pensamiento; y teoría que se realiza: que se transforma en la historia y se subvierte en la praxis objetiva dada, la otra praxis ante la que comparece y con la que se confronta.
En esto se expresa el qué y el cómo del cuestionamiento, y el qué y el cómo de la realidad cuestionable: el pensar crítico que niega una realidad acrítica, fija, detenida en las seudoconcreciones de una praxis fetichizada: de una no-praxis, de un practicismo ciego y pragmático donde como única verdad sólo queda la de "conocer es comer".
Compañeros de la generación 1965-70 que egresa de la faculta de filosofía, letras y psicología de la Universidad Autónoma de Nuevo León:
Desde mi lugar de trabajo: la celda donde estudio, preso político en la cárcel preventiva de la ciudad de México, reciban mis más calurosos saludos, mi mas fervientes esperanzas, mi confianza más firme en el futuro socialista y comunista de los hombres, la sociedad donde se realizará el yo cognoscente social, en suma, donde se realizará la filsofía.
Cárcel preventiva de la ciudad de México, mayo de 1970



